domingo, 14 de febrero de 2016

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«En una época, dijo, en la que existen los excitantes y los sedantes, es inconcebible tener penas de amor que duren más de seis horas. Estaba sonriendo, joven y bella, cuando siguió anunciando cínicamente las verdades del mundo y dijo: “En una época en la que existen las cirugías estéticas y los institutos de belleza, es insensato que vos prefieras una mujer a otra. En una época”, agregó, “en la que existen las píldoras anticonceptivas y la inseminación artificial, no es posible transmitir todavía nuestras taras, nuestras angustias y nuestra fealdad a hijos propios o ajenos”. - Un tipo que escribe su vida día tras día es algo bastante ridículo. Es imposible tomarse en serio. La memoria sirve para olvidar, como todo el mundo sabe, y un diario es una máquina de dejar huellas. Me gustan mucho los primeros años de mis diarios porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Empecé a robar la experiencia a gente conocida, las historias que yo me imaginaba que vivían cuando estaban conmigo. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora, tenía una convicción absoluta, que es siempre la mejor garantía para construir un estilo.»  – Ricardo Piglia – Los diarios inéditos

sábado, 13 de febrero de 2016

Envidia sana

Un día dije que me parecía que no era envidiosa, pero a menudo me oís decir que envidio a aquel o a aquel otro... (¿Se podría cambiar el “envidio” por el “admiro”?).
                  
¿A quién o qué envidio yo?

Pues a todo aquel que escribe mejor que yo...

Y a todo aquel que ha escrito una novela...

Y a los escritores “de verdad”, es decir, los que han publicado en libro...

Y a los autores de “best-sellers”...

Y a todos los buenos escritores en general...


¡Qué lista! ¡Y todo ello creyendo de mí misma que en el fondo no soy envidiosa!

viernes, 12 de febrero de 2016

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... hay autores de los que me leería incluso la lista de la compra...

jueves, 11 de febrero de 2016

Flaubert, la obsesión y la documentación

Me he fijado, leyendo los extractos de su correspondencia, que Flaubert tenía por costumbre viajar a los lugares que eran escenario de lo que escribía. (Usaba un método ultraoculto, ultraminoritario y ultrasecreto que usamos los escritores que se denomina... observar).

Pero, me fijo que el hecho de viajar (algo que las mentes bienpensantes consideran algo agradable), no hizo que pasara más tiempo arriba y abajo que sentado en su escritorio (algo que, sentarse a escribir, que las personas bienpensantes creen que es soporífero; que es un plomo, vaya).

Flaubert se documentaba, tal y como lo diríamos ahora, (él me parece que jamás usó esta palabra), viajando y leyendo, mucho, pero la mayor parte del tiempo estaba en su escritorio, escribiendo.

* * *

Hay quien se sorprende que, pudendo escoger, no escogiese ser un hombre de mundo; que, pudiendo escoger, escogiera la escritura... (¿o fue la escritura quien lo escogió a él?)

Qué tipo más aburrido, diríamos ahora, que friki, que pudiendo viajar arriba y abajo se dedicara a escribir... debía ser un pobre diablo, diría alguien actual... Yo no lo pienso, esto, más bien le envidio. Y le envidio, más que por que escribió, que también, sino sobre todo porque tuvo el tiempo y la paciencia para desarrollar toda esta escritura; tubo el coraje de conservar su obsesión.



miércoles, 10 de febrero de 2016

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«Buscamos el absoluto
y solamente encontramos cosas.»

decía uno.

Yo intento alcanzar la escritura
y solamente me encuentro
mis carencias,
como escritora,

... y como persona.

martes, 9 de febrero de 2016

La vida interior y el desequilibrio

No sé si me he explicado bien. He tenido que descansar (o aflojar) del blog y de la conexión que representa, no de la vida mental.

Por razones relacionadas con mi enfermedad mental, hay veces en las que publicar según que textos me angustia y me desequilibra, se me hace pesado. Pero la vida mental precisamente (la lectura, sobre todo), es mi refugio ante estos desequilibrios.

El blog es vida mental, pero solamente es una pequeña parte de esta vida. Y, de alguna manera, el blog también es vida exterior, y yo soy una persona muy cerrada en mí misma que siempre ha desconfiado de la vida exterior.

De momento continuo, procuraré publicar un post al día hasta Semana Santa – lo procuraré solamente, luego ya lo veremos-, pero a pesar de mí misma, esto es todo. Y a veces hace falta desconectar de esto, de la presión exterior, no de la vida interior. Y esto se produce a causa del desequilibrio mental.

Es necesario descansar, no del blog o de la vida mental, de hecho, sino de la propia enfermedad mental.

Y esto teniendo en cuenta que escribir y publicar el blog me gusta, claro, a pesar de todas estas presiones mentales. Que además, como son presiones psíquicas y yo tengo una enfermedad mental, representa que no existen en el mundo real de los demás.


lunes, 8 de febrero de 2016

La vida interior y la escritura

Leo una entrevista a un escritor que dice que para él lo importante a la hora de escribir es la vida interior, la vida mental, más que las acciones. Esto me hace pensar en que se me ha dicho que al blog me miro demasiado el ombligo. Supongo que es esta la sensación que transmite el hablar sólo de la vida pensada: se transmite la sensación que se está demasiado centrada en una misma. No diré que esto no sea verdad. Pero también diré que no esto no es ningún mal. Por esta razón se escribe, al fin y al cabo, para liberar una vida mental que en el fondo no interesa a demasiado nadie más que la persona que la vive. Y digo vive, porqué la vida interior también se vive, también es vida, aunque no haga que se desprenda la adrenalina de escalar una montaña, por ejemplo. La vida mental es vida, y ojalá interesara más, pero, si no es así, no pasa nada, la vida interior es la que es, tenga más o menos lectores o haya más o menos personas interesadas en leerlo. A mí mi vida interior me interesa, me apasiona; con ello es suficiente.

* * *

Ahora he estado unos días sin publicar y me he sentido como si me faltara algo, aunque a veces va bien desconectar. Ayer acabé de leer las partes que tengo de la correspondencia de Flaubert y me sentí invadida por una inmensas ganas de escribir una novela...

sábado, 6 de febrero de 2016

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Libreta 1

He estado leyendo. Un poco de La sombra del viento (me lo han dejado en catalán, aunque yo sepa que el original es en castellano y yo crea que es preferible leer los textos en su lengua original, tampoco voy a ponerme puntillosa con un libro que no es más que un pasatiempo), y un poco de La escritura desatada, pero, sobre todo, he estado leyendo El Alpe d’Huez. ¡Lo he acabado!

El Alpe d’Huez es un libro en el que el autor se repite mucho. Una tiene la sensación que con menos palabras se habría logrado el mismo efecto, pero el autor se enrolla y se enrolla. Con ello no quiero decir que no me haya gustado, me ha gustado; pero no es bueno. No se trata de una novela de calidad literaria, aunque no sea un best-seller; en ella simplemente se narra una anécdota. E incluso logra ser mínimamente emocionante, aunque se prevea el final.

Y el autor hace muchas suposiciones, cosas que en realidad no puede saber, hace de narrador omnisciente cuando no es más que un simple personaje. Como cuando dice que el protagonista oye el canto de las cigarras; el personaje que narra no puede saberlo, esto. Me recuerda al El cuarteto de Alejandría: Justine, un libro de renombrada calidad literaria que empecé hace tiempo y que dejé en parte molesta por cosas así: que el narrador explicaba cosas que en realidad como personaje no podía saber, o que el lector no se explicaba como las sabía. (Puede que sí que fijarme en estos detalles sí que sea ser un poquito demasiado puntillosa).

Pero cuando a una le han explicado lo del narrador omnisciente, y le han enseñado a diferenciarlo del narrador en primera persona, del narrador testimonio o del narrador personaje, le vienen ganas de señalar con tinta roja los textos de autores que mezclan los dos tipos de narrador sin dar más explicaciones, como si su texto fuera un examen escolar en el que algo estuviera mal.

Y quizá no sea algo que está mal, quizá la realidad artística del texto exigía algo así.

No me gusto mucho a  mí misma cuando me pongo en un plan así de puntilloso.





domingo, 31 de enero de 2016

Obra selecta (2)

Quizá os habréis fijado que he acabado los dos posts anteriores hablando de Flaubert... ¡Estoy releyendo su correspondencia! (Extractos de su copiosísima correspondencia traducidos al castellano en dos libros cortitos diferentes entre sí que no tiene nada que ver editorialmente el uno con el otro, para ser más exactos).

Gustave Flaubert (francés del SXIX), el famoso autor de Madame Bobary, archiconocida novela que narra los adulterios de una mujer de provincias, de la cual una vez una persona me dijo “todas las mujeres deberían haberla leído”... (¿sólo las mujeres, me pregunto yo, malévolamente?). Hay mucho machista suelto...

Flaubert también es el autor de una novela mucho menos conocida que se titula La educación sentimental, que yo definiría como más crepuscular, más nostálgica y más llena de sueños que la otra.

A mí –las leí hace mucho tiempo- ambas novelas me gustaron mucho, y las leí intrigada por el “qué pasará”, que no me decepcionó, por cierto; no las leí por razones metafísicas.

* * *

Flaubert tiene otra novelas (escribió hasta cinco), pero las otras tres yo no las he leído, y siempre me han parecido pasto para los profesores de literatura, algo que yo no soy, yo soy una simple lectora. Siempre me ha hecho la impresión que eran novelas muy difíciles. Madame Bobary y La educación sentimental pueden ser leídas por alguien de la sociedad de masas actual a quien le guste leer bien... pero las otras... yo siempre las he temido.

(El mismo temor que me producía el Quijote antes de intentar leerlo y tenerlo que dejar. ¡Quiero creer que voy a reemprenderlo algún día!)

A no ser que pase algo que disipe el temor que me producen estas novelas de Flaubert, de momento no las leeré. Siempre me han parecido unos argumentos extrañísimos y unos títulos poco atractivos... Pienso que para sentirse atraído por ellos se tiene que ser de un frikismo literario hiperbólico, que queréis que os diga.  Aunque soy consciente que si son de Flaubert deben ser muy muy buenas, no tiran de mí, de momento.

Flaubert también escribió tres cuentos, de los cuales recuerdo haber leído Un corazón sencillo (Un cor senzill, en catalán), ya hace tiempo; es muy conmovedor.

* * *

Y, finalmente, su correspondencia, que algunos han definido como “su mejor obra”. Es genial para ser leída por cualquier persona solitaria que quiera escribir. Y si es una persona solitaria que no quiere escribir, también. Y para alguien que no sea solitario... también la puede leer, claro, pero seguro que Flaubert no le caerá tan bien. No sé como puede reaccionar una persona sociable y extravertida ante tanta misantropía... Porque yo soy introvertida y tiro más hacia la misantropía, y es por ello que estas cartas me encantan. ¡Cómo le comprendo!

Aparte de esto, la belleza literaria de las cartas puede ser apreciada se sea solitario o sociable, se sea introvertido o extravertido, evidentemente.

Me encanta como Flaubert dice pestes de los burgueses y de la sociedad de masas en general. Suelta coces (verbales) como una muja vieja, pero siempre con buen gusto y una gran ironía, que por ello Flaubert es Flaubert.

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Pero, como persona que quiere aprender a escribir, lo que más me atrae de esta correspondencia es la calidad de las metáforas que usa. No en vano él mismo dijo una vez que recogía sus metáforas como flores, y que las cuidaba mucho.

Su obra (toda) ha de ser un esplendoroso jardín de metáforas exquisitas...

Y es que cuando leí las dos novelas suyas que he leído ni me fijé en las sólidas arquitecturas narrativas que se ve que tienen ni en las metáforas exquisitas ni en nada, solo estuve pendiente de los personajes y de la intriga. Subrayé algunas frases, ya se veía que aquello tenía calidad... ¡pero, hace tantos años!

Ahora, en este momento, lo que me gusta es su dominio de la metáfora. (Y es curioso que estos libros de extractos de la correspondencia ya los había leído, y tampoco me había fijado, en las metáforas, o, y si me había fijado, no me habían impresionado tanto.)

¡Qué dominio! Entiendo que este autor sea tan apreciado.

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Es que habría para apuntárselas una por una (las metáforas que usa), y hacer con ellas una lista para tenerla a mano para usarlas cuando hiciera falta, intercalándolas –las metáforas- en la propia escritura para mejorarla, quiero decir, como los sucesores de los grandes maestros del jazz componen nuevos temas basándose en las armonías de los estándares más clásicos y mejor compuestos por sus predecesores, creando así temas nuevos y atractivos.

Estaría bien aprender a  hacer esto con las metáforas de Flaubert. ¡Me entusiasma este hombre!



sábado, 30 de enero de 2016

El valor de la observación

Observar y observarse (tanto a uno mismo como a los demás), siempre ha sido muy importante para un escritor. Pero no todo aquello que se observa, se ve o se capta es tan fácilmente verbalizable como parecería en un primer momento, y mucho menos inmediatamente.

Hay historias, temas, pulsiones, que tardan años a madurar dentro de la cabeza (o el corazón) de alguien antes de poder ser escritas. Es por ello que la escritura necesita tiempo: tiempo para florecer y madurar, tiempo para cultivar la expresión, tiempo para abastecerse de valor. Y poder decir, finalmente,  todo lo que se querría decir.

Observar y observarse sí, pero no sólo. Es un largo camino. Y observarse y ser consciente de uno mismo suele ser más difícil que observar (y criticar) a los demás...

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Flaubert dice: “observar bien antes de sacar conclusiones precipitadas”.