Hay quien dice que las redes sociales comercializan con la amistad... O con
el deseo de amistad... Yo creo que más bien comercializan con la soledad... o
con el miedo a la soledad... con el miedo tremendo a no estar “conectado/a”...
miércoles, 27 de mayo de 2015
lunes, 25 de mayo de 2015
...
«Debes obsesionarte y mantener la obsesión. Y pasar de largo ante las
ventanas abiertas.»
El hotel New Hampshire
John Irving
sábado, 23 de mayo de 2015
El tiempo y los panfletos
Recuerdo el libro humorístico (pero comprometido) de Donald E. Westlake L’aprenent d’espia
(El aprendiz de espía).
En plena guerra fría, el protagonista es un activista antinuclear que por
cuestiones de la trama del libro se encuentra relacionado con un miembro de una
organización fascista.
Hay un momento de la trama en el qué el protagonista se emociona al ver al
fascista haciendo panfletos haciendo rodar la manivela con la misma máquina de
imprimir y hacer folletines que usa él, (máquina de imprimir como las que había
en la época, muy chapucera), y piensa que quizá tienen más en común de lo que
parece.
Pero en seguida recapacita y se percata que el fascista usa la manivela de
la máquina de hacer folletines porqué no puede conseguir una metralleta, y en
cambio él es pacifista y la usa para qué no existan las metralletas. El matiz
es sutil.
El otro día leía en el periódico una entrevista a una escritora que había
corrido delante de los grises, y explicaba que entonces hacían los panfletos
con una cosa que le llamaba “ciclostil”. (Que igual podría ser el mismo
artefacto de libro de Westlake: he visto una foto por internet de un ciclostil,
y tiene una manivela). No sé como debía funcionar aquello, pero tiene pinta de
no ser muy práctico.
Últimamente he oído por la radio la propaganda de una empresa de material
de oficina que anunciaba impresoras de toda clase, máquinas de poner en sobres
y etiquetar y toda clase de gadgets para hacer folletines y enviar
correspondencia.
Se me ocurrió que, si en aquella época los que usaban la manivela del
ciclostil -algunos con motivos más nobles que otros- hubieran tenido esto, lo hubieran celebrado. ¡Lo que habrían dado por
una pequeña impresora como la que muchas personas todavía tienen en su casa...!
Pero... ahora, cuando tenemos toda esta tecnología (y la libertad) para
enviar los papeles que queramos donde sea y en el formato físico que sea...
... ya no lo necesitamos (la tecnología, quiero decir, la liberad sí), porque ahora si se quiere ya no hace falta
imprimir nada en formato físico, porque ahora los panfletos ya no son físicos,
ahora los panfletos auténticos solamente existen en la red...
No me diréis que no tiene alerones, la cosa.
jueves, 21 de mayo de 2015
martes, 19 de mayo de 2015
Capturar la vida
(En este post se hacen filtraciones: se comenta el final de la obra de
teatro de Chéjov Tío Ványa. Aviso por si alguien tiene intención de leer
esta obra en un futuro. Leer el teatro de Chéjov es una de las experiencias más
bonitas que puede tener alguien como lector.)
* * *
Hace poco leí por primera vez la obra de Chéjov Tío Ványa. Digo
“leer por primera vez”, pero en realidad ya la había visto representada (¿año?)
en una peli muy elogiada por al crítica: El tío Ványa en la calle 42.
(Yo entonces tampoco sabía tanto como ahora quien era Chéjov).
Lo curiosos del caso es que cuando la vi, antes del 2000, -yo era muy
joven-, me llevé la impresión que la obra acababa mal, muy mal, de hecho; me
emocioné de tristeza por el final.
En cambio ahora, (año 2014-2015), cuando la he leído, -aunque me conste que
el texto es el mismo, quiero decir que la obra que he leído es la misma que vi
representada en aquella peli, que el final es el mismo, vaya-, (no recordaba
nada de lo que pasaba, solamente me acordaba que era muy emotiva y que me había
gustado mucho), pues, ahora, al leerla, me he llevado la impresión que la obra
acaba bien, y me he alegrado por los personajes principales, de cómo acaba; no
me he emocionado, solamente he respirado tranquila.
Si la obra es la misma, y el final es el mismo, la diferencia entre la
impresión que me hizo entonces, y la impresión que me ha producido ahora...
solamente querría decir que quien no es la misma soy yo... ¿Qué me ha pasado?
* * *
Puedo aventurar un par de conjeturas para explicarlo... (sólo conjeturas).
La conjetura I.
Antes del año 2000 –yo era muy joven-, todavía creía que encontrar el amor
era importante, aunque era consciente que eso no lo solucionaba todo, como
parece que siempre pase en las pelis americanas.
Me emocioné por la protagonista porqué el amor se le negaba- porqué no era
físicamente atractiva, además-, y eso me pareció cruel.
(Ahora, para mí ella y el tío Ványa son los verdaderos protagonistas de la
obra, los perdedores. Pero he leído comentarios en los qué hay quien piensa que
los protagonistas son los otros. Quizá a mí también me lo pareció, entonces).
Esta es la impresión que me produjo la obra antes del año 2000.
Ahora, en cambio, me he percatado que hay otras cosas en la vida que no
“encontrar el amor” al estilo de las películas. Tener una ocupación que te
guste y que te permita ganarte la vida, tener una ocupación que te motive, te
movilice y te realice, me parece más importante que no la incierta pasión
amorosa. Entonces no me fijé, pero ahora me ha fijado, y los protagonistas
tiene esto, se lo ganan en la obra. Es por ello que me he alegrado por ellos
del final, y he respirado tranquila.
* * *
La conjetura II.
(Esta conjetura es referente al espacio físico donde transcurre la obra).
En la peli El tío Ványa en la calle 42, la peli pasa en Nueva York,
en un teatro viejo, oscuro y medio derruido de la calle 42. En la peli se ve
como los actores-personajes caminan hacia allí y se marchan de allí, y se ve
como representan la obra allí.
Como el deteriorado teatro neoyorquino es, como espacio físico, muy
deprimente, no me acabé de hacer a la idea que la obra en realidad pasaba en
una finca en Rusia, con sus campos y su espacio abierto verde y próspero. Si
entonces hubiera conseguido ver el paisaje que rodeaba la casa quizá no hubiera
quedado convencida que la obra acababa
tan mal. Quizá lo mencionaron, pero yo no vi ningún paisaje, solamente vi el
drama y me quedó la impresión que los protagonistas –que la protagonista- se
quedaba sola en aquel lugar lúgubre por siempre jamás. Que no había otra salida
que quedarse allí, que el lugar era la trampa.
En cambio, al leer la obra de teatro, y habiendo leído antes cuatro de las
mejores obras de teatro de este autor (que casi todas pasan en fincas en
Rusia), habiendo leído El huerto de los cerezos, me he acabado haciendo
una idea del paisaje que rodea la finca, su verdor y sus campos prósperos,
y quedarse allí cuidando de todo ello
no me parece un final infeliz... aunque no se encuentre el “amor”.
Como mínimo, ver el paisaje que sé que está ahí ahora es algo que sé que
conforma a los protagonistas. Ellos aman ese lugar.
Por tanto, el final es triste, pero no lo es tanto como me pareció la
primera vez.
* * *
Pero, lo que me impresiona de verdad es que yo puedo haber cambiado, pero
la obra de Chéjov es igual de buena. Que me haya dicho cosas diferentes en
épocas diferentes... Que creyera que los protagonistas son unos u otros en
función de quien soy yo en cada momento...
Y aquí es donde quería ir a parar.
A la permanencia del arte.
A la escritura como respuesta.
A como la literatura remueve...
(...más o menos y con todos los matices que queráis, pero remueve).
viernes, 15 de mayo de 2015
Leer / escuchar el pasado
Volviendo al tema de la lista de meses interminable en
algunos de los blogs de los demás... (que admiro como testigo de un pasado productivo
en el qué “se ha creado”),
¡...qué pocas veces clico en algún mes del pasado en los blogs ajenos!
Supongo que también debe haber pocos lectores que clican
en los posts del pasado del mío, de blog...
Ya me entendéis adónde quiero ir a parar... Todos emitimos, emitimos,
emitimos... y queda de ello un rastro, una lista interminable de meses, como
testigo que “hemos creado”... Pero pocos
se lo leen una vez la actualidad ha pasado; internet y los blogs son cosa de
inmediatez, de rabioso presente, del ahora mismo; del post de mañana. Pocos escuchamos
(o escuchan). O solamente escuchan, sin cargar al mundo con más “creación”.
Pero, en fin, solamente expresarse también es una higiene... Aunque una vez
ya forma parte del pasado interese a pocos; ya interesa a muy pocos cuando el
pez está acabado de sacar del agua...
miércoles, 13 de mayo de 2015
...
«No obstante, posee la facultad de expresarse de forma original y justa,
una facultad inherente a toda persona que reflexiona y cultiva su espíritu. »
I.S. Turguéniev
Hamlet y don Quijote
Páginas autobiográficas
lunes, 11 de mayo de 2015
Historias de mi blog
La historia (parcial) de los cambios de dirección (y de título) de mi blog
La razón que mi blog haya cambiado de dirección web (como mínimo la razón
que no conserve el nombre de la primera dirección web que puse), es qué cuando
empecé a publicar el blog no creía que eso de la dirección web fuera
importante, no creía que todo el mundo se fijaría en el nombre de la dirección
que había escogido. La primera vez que escogí una dirección web le puse la
primera tontería que me pasó por la cabeza, creía que eso de la dirección web
sería un trámite sin importancia... Creía que lo importante sería el título del
blog... A medida de ir publicando posts me percaté que no, me percaté que la
gente se fijaba más en el nombre de la dirección web que no el título del
blog...
Después “perdí las llaves” de mi blog, y al crear otro aproveché para
encontrar una dirección web que no fuera cargante si la gente se fijaba en
ella... cosa que evidentemente hicieron, “pasando” del título del blog, que era
en lo qué debían haberse fijado...
El resto de las veces que he tenido que escoger nombres para las
direcciones web de mi blog ha intentado seguir los mismos criterios de
neutralidad y discreción.
* * *
Ahora el título de mi blog es Llaços imaginaris (Lazos
imaginarios en castellano), pero la dirección web no coincide con el
título, por la sencilla razón que la “c trencada: ç” del título en catalán me
pareció que no sería aceptada como letra para una dirección web (al no existir
como letra en el alfabeto anglosajón; tampoco existe en castellano), y pensé
que sería mejor escoger un nombre homofónico al título: “llacs imaginaris”
(“lagos imaginarios”, en castellano), que no tuviera ninguna “c trencada: ç”.
Tampoco me lo pensé demasiado y quizá debería haber pensado más en ello.
* * *
He cambiado diversas veces de dirección web y el título del blog, pero el
blog en sí, los contenidos, han sido siempre más o menos los mismos, aunque al
principio hablaba más de libros; pero, haya hablado de lo que haya hablado, yo
siempre he sido la misma.
* * *
Pronto celebraré los diez años de hacer el blog, el objetivo que me marqué
al cabo de poco de empezar. De todos modos, como he estado temporadas laaargas
sin publicar, quizá los diez años –aniversario-, no coincidirán con los diez
años de escritura efectiva... O sea que quizá debería posponer la celebración
del décimo aniversario un par de añitos... (para llegar a los diez años de
escritura efectiva, quiero decir). No lo sé, no lo sé... Ya se verá.
Admiro a los blogueros que empezaron más o menos como yo, y que no han
cambiado nunca “de casa”, admiro su lista de meses interminables en el archivo.
Pienso que la mía también lo sería si yo no fuera tan precipitada, y eso
me anima a ser constante en la dirección y el título que uso ahora.
jueves, 7 de mayo de 2015
Convertirse en tiempo
Estoy a favor de la lectura, pero tampoco hasta el punto de caer en el
papanatismo. (O eso espero, al menos).
Leer ni arregla los problemas como por arte de magia (más bien puede ser un
escapismo); ni nos hace más atractivos ni nos adelgaza ni nos hace ligar más
(más bien es alimento para solitarios); y tampoco nos hará millonarios,
precisamente,
[un inciso: sobre esta plenitud vital que algunos atribuyen a los
millonarios, solamente quiero decir “que solamente es feliz en la riqueza quien
ya lo era en la pobreza”. Dicho esto, continuemos.]
aunque el tiempo dedicado a leer nos pueda hacer sentir que nos sobra el
tiempo (como si fuéramos millonarios, vaya, y no tuviéramos otro trabajo). Leer
es el remedio perfecto contra el popular “no tengo tiempo”, pero, claro, no
siempre se tiene tiempo.
La excusa más común entre los que no leen para justificar que no leen es
este “¡no tengo tiempo para leer!” (que viene a decir: “¡no tengo tiempo que
perder!”); tienen una vida, tienen una familia, tienen un trabajo... No sé por
qué, pero muchos parecen creer que leer es una actividad para personas con poco
trabajo, como si fuera una especie de lujo... No tienen tiempo para leer, y
seguramente sea sinceramente cierto, aunque siempre solemos encontrar tiempo
para hacer lo que de verdad queremos hacer. Ya digo: solamente tiene tiempo
para leer quien tiene mucho tiempo libre quien ya leía un poco cuando no tenía
tanto tiempo libre...
* * *
Leer quizá no haría milagros, pero sí que aquellos que leen quizá serían
los más capaces de expresarse mejor, y de hacerlo con más pericia, propiedad y
adecuación a cada circunstancia.
Ahora, por no leer tampoco pasaría nada.
* * *
La idea sería que empezando a leer por los best-sellers, las novelas de
género o por cosas peores (etiquetas de champús, revistas del corazón,
periódicos deportivos), una persona llegara alguna vez a leer algún libro
bueno... a leer algún clásico... o a leer “los clásicos”...
...y que poco a poco se convirtiera en un lector/a anónimo/a más de aquello
a lo que llaman “los happy few”...
...y esto paso a paso...
...de saltito de gorrión a saltito de gorrión...
...un libro tras otro...
...de libro que le gusta a libro que le gusta...
...y que al final pueda disfrutar de verdad leyendo algún libro difícil, un
libro que cuando empezó a leer le hubiera parecido imposible de disfrutarlo...
martes, 5 de mayo de 2015
El silencio de cada cual
Escucho (por internet), en una conferencia, que Emily Dickinson, la poeta
norteamericana más importante, y uno de los poetas más importantes (una poeta
que todavía no he leído pero que tengo intención de leer), vivió toda su vida
adulta recluida en su habitación: “Here is freedom” (aquí está la libertad), le
dijo a una parienta que fue a verla.
Pienso en lo que debía significar en aquella época, y en lo qué podría
significar ahora, con la existencia de internet, una reclusión así.
A mucha gente Emily Dickinson les da pena precisamente por ello, porqué no
salía de casa. Yo la envidio. Y la envidio precisamente porqué pudo acceder a
la logística necesaria para no tener que salir nunca de casa; poder acceder a
no tener que salir nunca de casa no es tan sencillo...
En su reclusión, la ayudó mucho lo mucho que leía. Hoy en día, internet
significa acceder a cosas insospechadas, y no solamente a leer; internet es una
ventana abierta al mundo, y amplía mucho todo el campo de maniobra posible en
cualquier reclusión. (Antes, sin internet, esto de entretenerse sin salir de
casa tenía mucho más mérito). Ahora, siempre, en cualquier reclusión, aunque
esta sea voluntaria, y aunque se tenga internet, poder leer es el todo.
Algo que comporta no ver a demasiada gente y llevar una vida retirada es el
desarrollo creativo, poder realizarse creando – escribiendo, en este caso. Se
diga lo que se diga, para escribir (para crear), se necesita recogimiento y
silencio, saber estar solo/a; siempre se va a para allí mismo cuando se habla
de esto; se necesita paz, recogimiento y silencio.
Siendo consciente de lo qué Emily Dickinson pudo hacer con su silencio, ya
digo, la envidio.
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